Mientras la vicepresidente, Cristina Kirchner, hablaba en un acto en Ensenada, criticando nuevamente al presidente, Guzmán renunció al ministerio de Economía. Era la caída más reclamada por el kirchnerismo.

“Con la profunda convicción y la confianza en mi visión sobre cuál es el camino que debe seguir la Argentina, seguiré trabajando y actuando por una Patria más justa, libre y soberana”, dijo en Twitter.

En las siete carillas de su renuncia, explicó que “desde el día en que los argentinos y las argentinas percibimos que usted podía llegar a ser el Presidente de la Nación, busqué ser su ministro de Economía”.

También agregó: “Sentía que mi responsabilidad con la Patria, con mi pueblo y con mi familia era aportar a la construcción de una salida a la crisis económica que vivía el país”.

En las últimas semanas la presión sobre Guzmán se había intensificado, tanto de parte de los mercados como del ala kirchnerista del Gobierno.

Cristina Kirchner habló en un duro discurso de un “festival de importaciones”, a lo que Economía y el Banco Central reaccionaron el lunes, instaurando un “supercepo” a las importaciones.

Esta situación exacerbó las presiones sobre el dólar y llevó al riesgo país por encima de los 2.400 puntos básicos, un nivel casi de default.

Con el “supercepo”, la cartera económica logró que el Banco Central se haga de más de USD 1.000 millones y dio por cumplidas las metas del segundo trimestre del acuerdo con el FMI.

La sostenibilidad de la política económica y del propio Guzmán, sin embargo, estaba siendo cada vez más comprometida. Ya había tenido problemas para sostener el financiamiento del programa económico.

En junio, la eyección del Gabinete de Matías Kulfas, el exministro de Desarrollo Productivo, dejó a Guzmán sin su principal aliado en el Gabinete y en el cada vez más despoblado bando albertista.