Fue una celebridad inglesa, amigo de ministros y príncipes. La Reina Isabel lo nombró Caballero. Después de su muerte en 2011, se conocieron más de 400 denuncias: era un pedófilo y violador.

La historia volvió a resonar con el documental de Netflix “Jimmy Savile: A British Horror Story”, donde narra el horror de sus víctimas, y cómo la fama y el poder le dieron resguardo.

El conductor televisivo era muy famoso y querido: le llegaban veinte mil cartas semanales. Murió en su lujoso penthouse a los 85 años y dejó una herencia de 5 millones de libras.

Los diarios le dedicaron portadas y largos obituarios. Tuvo un funeral con calles cerradas y vallas: casi diez mil personas se acercaron a despedirlo en su ataúd dorado.

Pero, a las pocas semanas, la imagen pública del DJ, conductor y filántropo se desmoronó. Se conocieron viejas denuncias de abusos de menores, violaciones y pedofilia.

Los casos se acumularon. Los investigadores policiales se pusieron en acción. En pocos meses recibieron más de 400 denuncias.

Los lugares de los abusos estremecen. Colegios, orfanatos, hospitales, centros de rehabilitación: sitios a los que accedía gracias a sus labores como filántropo.

Promocionaba sus tareas como voluntario en instituciones mentales y en centros de rehabilitación de personas con problemas de movilidad, pero abusaba de las pacientes.

En algunos de esos hospitales, además de los cargos honorarios que le otorgaron, le dieron una oficina en la que él se instalaba y usaba como centro de operaciones.

Jimmy Savile fue un depredador suelto durante más de medio siglo, que encontró terreno fértil para cometer los delitos más atroces. La fama fue la clave de su impunidad.